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La poesía de la vida de Don Rubén

La poesía de la vida de Don Rubén
February 17
01:00 2011

Francisco Ayala Silva/La Prensa Libre - Rubén Villagómez aporrea la máquina de escribir eléctrica que compró en una venta de jardín. En ella escribe versos y más versos. En la pared están las fotos de su hijo e hija, que viven en México.

Rubén Ramiro Villagómez, recuerda el día de 1956 cuando tenía nueve años de edad y su madre lo detuvo a mitad de camino a la escuela.
“Ella corrió siguiéndome”, recuerda “y me dijo ‘yo sé lo mucho que te gusta la escuela, hijito, pero hoy no vas a ir”. Ese día conocerían a Pedro Infante.
La familia vivía en Iztapalapa, una de las 16 delegaciones del Distrito Federal de México. Mucha gente esperaba al ídolo de la nación y Villagómez estaba allí, buscando entre la multitud a un hombre bien trajeado.
“No”, le dijeron, “es ese”.
Entre la gente vio caminar dando saltos a un hombre vestido de indio, con el pelo cortado en flecos como el indio Tizoc, la película que Infante estrenaría al siguiente año, el de su muerte.
“Yo lo miraba y miraba, y él me miró me agarró de la nariz y me dijo ‘quiúbole mocoso, ¿soy o me parezco?”, dijo.
Ese torrente de recuerdos llega a la mente de Villagómez y, cuando recuerda, se emociona hasta que su voz se quiebra, sus ojos se enrojecen y comienza a llorar.
Esa capacidad de emocionarse, dijo “son bendiciones que traes tú”, y le echa la culpa a Dios y al Espíritu Santo.
Villagómez es un poeta.
Él escribe poemas a sus amigos, a su trabajo, a los políticos, a su gato, a la policía, a las figuras públicas, a la comida, al amor, a la amistad, a todo. Es mucho para un hombre que dijo que sus estudios se detuvieron en el sexto año de primaria.
Villagómez nació en 1947, en  Pátzcuaro, un mágico pueblo de Michoacán, cerca del lago de del mismo nombre, donde los pescadores salen en canoas con redes con forma de alas de mariposa.
Villagómez recuerda con memoria fotográfica. “Ni mis hijos me creen”, dijo. Él asegura recordar las cosas que le ocurrieron antes de haber cumplido un año de edad . “A esa edad ya entendía lo que la gente a mi alrededor decía, aun antes de yo poder hablar”, dijo.
Recuerda que soñó con el demonio desde los cinco hasta los 12 años. “Mi madre me lo dijo ‘el diablo te sigue porque eres bueno’, dijo.
La familia se mudó a la capital y era un niño cuando fue a la Universidad Nacional Autónoma de México “a vender tacos”, dijo. Esa edad lo encontró viviendo en Iztapalapa. En esas décadas pudo ver la llegada del presidente John F. Kennedy y su esposa a la ciudad de México, donde fue recibido por una muchedumbre que gritaba vítores y lanzaba al aire millones de papelitos. “Yo tenía 16 años”, dijo.
A esa edad quería seguir estudiando, quería ser médico. Su padre se lo prohibió porque  quería que su hijo fuera abogado, para hacer mucho dinero defendiendo criminales con poder. Villagómez no pudo seguir estudiando.
Comenzó a trabajar en las afueras del mercado La Merced, que el recuerda como una zona de peligro.

Policías me saludaban
Y judiciales también.
Yo invitaba al pandillero
A que se portara bien,

No se enojaban conmigo
Y me ponían atención
Pues le pedía de buen modo
Cambiaran de “profesión”.

De La Merced recuerda historias de gente que luchaba por llevar una vida honesta en medio de la maldad y los pandilleros que habían formado una red que cubría cuadras y cuadras. Recuerda a un proxeneta con aspecto de actor de cine que manejaba a 10 prostitutas, algunas de las cuales eran menores de edad. “Me decía ‘usted es bien chido, maquinitas’”, recuerda Villagómez. “Maquinitas” era su apodo en el mercado, porque reparaba máquinas de escribir, dijo.
“Yo hablaba en su idioma”, dijo, “cuando iba por un callejón oscuro y me salían adelante les decía ‘chido güey, voy donde un cámara, a ver que pesco”.
Nunca fue asaltado en sus 30 años de trabajar en La Merced, dijo.
Creciendo en el Distrito Federal aprendió un poco de boxeo y dijo haber conocido a boxeadores legendarios como el cubano-mexicano José Ángel “Mantequilla” Nápoles y “El Púas” Rubén Olivares, quizás el mejor peso gallo de todos los tiempos.
Es padre de ocho hijos. Fue el destino de la menor, Liliana, la que lo trajo a los Estados Unidos a trabajar para que ella pudiera completar la carrera de odontología. Ella ya es dentista.
Villagómez lo hizo trabajando como pintor junto a sus hijos. “No tengo  nada”, dice en su modesto apartamento en Springdale. Sus posesiones son sus recuerdos, su capacidad de sentir, y su deseo de escribir versos y más versos cada noche, en una máquina de escribir  azul y eléctrica que hace tic-tac-tic-tac, hasta muy tarde, cuando él la golpea.

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